¿Miedo a morir?

Estamos cerca de terminar el año y ya hoy festejando la Navidad. Todos andamos con el corazón a flor de piel buscando estar cerca de nuestros seres queridos. Sin embargo no todo es miel sobre hojuelas. En los últimos 4 meses han fallecido 4 personas cercanas a mi. Eso, más todos los muertos del temblor que no conocí personalmente pero que dejaron un profundo impacto en mi corazón. Morirse siempre es triste pero con mayor razón en estas fechas. El recuerdo duele más por ser fechas de supuesta alegría y felicidad. El duelo es más difícil de llevar.

Justo después del temblor de septiembre falleció una compañera de la primaria por reacción a un medicamento. Dejó dos hijos ya mayores. Luego hace como un mes falleció una prima de un cáncer muy agresivo. Dejó a sus 3 hijos ya grandes y tenía también nietos. Una semana después la directora de la escuela de mis hijos. Tenía cáncer pero fue sorpresivo porque apenas empezaba su tratamiento. Y justo hace dos días falleció una compañera de la universidad junto con su esposo. Al parecer en un accidente. Ellos dejan huérfano a su hijo de 15 años. Como les he platicado antes, mi padre murió también en un accidente cuando yo tenía 7 años. Ese recuerdo y el imaginarme que se quedaran mis hijos chiquitos sin mi me parte el alma. Al sufrir la muerte de otro, sufro por ellos pero también porque me hace evidente que en algún momento seré yo.

Justo cuando nació mi primera hija me dio mucho miedo morirme y dejarla así de pequeña. Luego del parto tuve una complicación y de verdad pensé que me moría. Afortunadamente los médicos me atendieron a tiempo y salí bien. Quedé anémica pero sin necesidad de transfusión ni quedarme hospitalizada más que un día extra. Después era un miedo constante de si me moría y ella tan chiquita. Hasta que un día me llegó una paz no sé cómo, de darme cuenta de que me he de morir el día que me toque sin importar si me angustio o no. Llegará el día que tenga que llegar. Y entonces dejé de tener miedo. No recuerdo qué edad tendría ella pero serían unos dos o tres años. Ya se que todos tenemos nuestra raya pintada y que hasta ahí llegaremos sin importar qué hagamos. Nadie sabe cuánto vivirá ni en qué condiciones. Pero entender este hecho no me evita la tristeza. Enterarme de que mujeres de mi edad y con hijos de la edad de los míos mueren tan de repente si me mueve mucho y me llena de profunda tristeza. Lloro por los que recién se fueron, lloro por los que se fueron antes (y ahora me revive el sentimiento como el de un primo muy querido que murió luego de Navidad hace ya muchos años) y también lloro por los que no sé cuando se irán, incluyéndome a mi.

Los que se mueren ya están en otro plano, en otra dimensión. Pensamos que están en un mejor lugar o que al menos ya no padecen sus dolencias, sus problemas o sus tristezas. Y según nuestras creencias, que están más cerca de Dios y que nos cuidan desde el cielo. Pero también lamentamos lo que dejaremos de compartir con ellos. Eso es lo que a mi más me duele cuando alguien se va. Hay muchas frases que dicen “vive cada día como si fuera el último”. Esa idea me parece muy angustiante. Yo trato de estar en paz conmigo misma y con mi alma. Y con los que me rodean también. Pero lejos de pensar en “qué tal si me muero y nos quedamos enojados y en vez de darle un beso ni siquiera me despedí “, creo que nos merecemos vivir de la mejor manera los días que sean que nos toque vivir. La vida es una suma de eventos tristes y felices, aburridos y asombrosos, horribles y espectaculares. No podemos definir la relación que tuvimos con una persona por lo que hicimos justo antes de que muriera. Seremos afortunados si estábamos en paz con ella y lo supo antes de morir. Si no fue así, ya ni modo. Mientras estemos vivos tenemos oportunidad de mejorar y lograr estar en armonía con los demás para que, sin importar cuándo se muera el otro o nosotros, haya valido la pena haberlo conocido y compartir nuestra vida. Cada persona que conocemos deja una huella en nosotros y nosotros en los demás.

Yo espero que cuando me muera mis hijos tengan la certeza de cuánto los quiero y los querré siempre. Que sepan que estoy muy orgullosa de ellos y me siento honrada de ser su mamá. Espero que sean muchos años los que estemos juntos. Me pesa mucho pensar en el hijo de mi amiga que tan joven perdió a sus padres el mismo día. Se que su familia es muy unida y seguramente cuidarán bien de él. Pero son pérdidas muy fuertes, una carga muy difícil de llevar.  He estado muy triste todo el día. Espero que ya con la cena de Navidad y ver la cara de mis hijos con los regalos y todo eso se me ilumine el corazón. Reciban un abrazo y esperemos que al Año Nuevo traiga mejores vientos con oportunidades para todos.